¿Por qué escribo?

Tras la presentación de mi libro, a la que solo acudieron familiares, se me plantearon muchas dudas. Al principio pensé que podía ser mala suerte, más tarde empecé a temer que quizás yo no valía para dedicarme a esto. El caso es que, pensando, recordé un poema que escribí y que contiene las claves para la gran incógnita. Se titula «¿Por qué escribo?».

No se trata de ser visto. No se trata de vender. Ni siquiera tiene que ver con que la obra trascienda las generaciones, pasando a la historia como una de las grandes. Todo eso no está mal, pero es secundario, tan solo algunas consecuencias insignificantes de lo realmente trascendental y que muy bien me dije a mí mismo, en aquel poema.

¿Por qué escribo?

Desconocía que valía, hasta que me lo dijeron las miradas. No sabía que me atrevería, hasta echar a andar y aunque ya sabía que lo haría, entonces, igual que ahora, desconocía el resultado. Pero pensé que el camino elegido, hace al caminante, y que era entonces, y no antes, cuando lo entendería. La responsabilidad no es conmigo, ni siquiera contigo, querido lector. Me debo a una necesidad, que superior a nosotros los mortales, ha perdurado en el bucle infinito del tiempo y su rueda, que cuando parece ser satisfecha, está necesidad surge como una nueva ola en un mar existencial, en el que las respuestas, suscitan nuevas preguntas para almas que, inquietas, buscan posarse en un verso, acomodarse para la travesía a través de sus propias experiencias y anidar, allí donde hacen suyas las palabras. Dicen que escribir es un acto solitario, no creo tal cosa. Cuando escribo, me siento bien acompañado, tanto como la imaginación de un poeta puede llegar; tan arropado por las emociones, benignas o malignas, que mi corazón quiera engendrar. Vida, es lo que genera mi corazón, pues no puede ser de otra forma por estar él vivo, y sentir y padecer, amar y enloquecer y volver a amar y, morir y renacer. Vida, que tras pasar por el filtro estilístico de mi mente, plasmo en palabras coherentes, pero bellas, para hilvanar la historia. La historia de un corazón, la gran apología de lo sentido en cada momento, mi vida es mi obra; mi obra seguirá viva siempre que tú, la reconstruyas en tu realidad y la entiendas como propia, y le vuelvas a dar sentido y añadas, al sumario de la historia de lo sentido, tus propios dilemas y tus propias conclusiones.

Lo cierto es que no sabría decir como ocurre, casi nunca es premeditado. De repente me comienzan a invadir palabras y palabras, que pronto se abrazan formando los primeros versos, a los que rápidamente se les suman más, dándoles sentido. Siento la presión de las letras golpeando en mi garganta, ansiosas por ver la luz, y he de escupirlas según sus designios con cuidado de no atragantarme. Entonces me siento y escribo, y escribo como poseído y sucede un ritual sagrado, en el que soy un mero intérprete, un canal holístico por el que discurren bellas palabras que se deslizan hacia el puntero, que danza grácil sobre el papel blanco y sobrio como el hielo, dotándolo de vida, regalándole color a mis ojos y amor a mi alma. Dicen que escribir es poner negro sobre blanco, pero me suena autoimpuesto, si yo intento forzar las palabras, estás corretean escurridizas, escapando a su captor, al igual que si las juzgo por su naturaleza, desfallecen temblorosas ante su inquisidor. Funciona de verdad cuando improvisamos juntos, poema y yo, cuando fluimos y cedemos el uno con el otro, como conceden dos enamorados que desde el respeto se complementan. Me resulta más fructífero y gratificante, dejarme arrastrar por el torrente de sensaciones que me insinúa cada momento dado, no sin dejar claro mis pretensiones ante el blanco, pero a modo de arranque, como un motivo para empezar y que todo ruede. Pero lo cierto es que nada está escrito, no hay nada cerrado. Podría ser negro sobre blanco o a todo color o, quizás, un negro desgastado por el olvido que apenas se intuya su mensaje, o caracteres tan grises y profundos, que ellos mismos lloran su tinta, que por escorrentía, empapan el inmaculado blanco del papel. Deseo escribir sin reglas ni coacciones y que, mi poesía, sea bella por sí misma, por existir, porque un poema es poesía tan solo por tener la intención de serlo, porque quizás llegue hasta algún individuo aislado y solitario y sea una razón para seguir y le dé, el sentido que hasta yo desconozco y me sorprenda. Deseo encontrar cada día ese canal sagrado que me hable y, aunque ponga yo mi dosis de trabajo, hablar tocado por algo divino, algo fuera de mí y que quizás, allá visto y sepa más que yo, y los días que no encuentre esa divina senda, serme consecuente y sincero, y con humildad, trabajar muy duro por esta noble profesión, para aunque me sea imposible alcanzar la pureza de la perfección de la auténtica poesía, que al menos, me aproxime tanto a ella que pueda decirme con honrosa dignidad, que soy poeta.

Por si algún día llega ese poema eterno que en sí mismo se defina. Por si se satisfacen todas las necesidades y se resuelven las inquietudes. Con la esperanza de llegar a ti con la simplicidad de un rayo de sol y, sin embargo, calentar tu espíritu con su calor, juego ahora con las palabras y me entretengo en los recovecos de un vasto lenguaje, hasta que llegue el momento en que no hable yo, ni mi puño o mi pluma, sino que mi corazón cuente su historia, y sea tan sincera, tan poética, que también sea la tuya. Deseo conectar con los trazos infinitos y establecer lazos de sangre en busca de la eternidad, para que mi obra sea como el regalo de la vida.

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